Durante siglos, la guerra psicológica cayó literalmente del cielo. Octavillas lanzadas desde aviones, emisoras de radio clandestinas, altavoces apuntando a las trincheras enemigas. Hoy no hace falta nada de eso. Basta con un número de teléfono para entrar al campo de la guerra cognitiva.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención del conflicto con Irán no han sido los misiles, sino algo mucho más modesto: los SMS. Pocas horas después de los primeros ataques de Estados Unidos e Israel sobre Teherán, el 28 de febrero, Irán cumplió sus amenazas en el terreno informativo. Muchos israelíes empezaron a recibir en sus teléfonos mensajes atribuidos a la Guardia Revolucionaria que les decían, sin rodeos, que esperaran la muerte.
Conviene decir desde el principio que esto no es patrimonio de un solo bando. Los investigadores también han atribuido a Israel una red de cuentas en X que difundía mensajes en persa para minar la confianza en el Gobierno iraní, algunos narrados por una mujer generada con inteligencia artificial. Pero los SMS iraníes son un caso de estudio especialmente limpio, porque permiten ver casi en estado puro cómo se diseña un ataque psicológico contra la población civil.
No todos los mensajes buscan lo mismo
Cuando uno revisa la colección de mensajes que se han ido documentando, enseguida se da cuenta de que no son simples amenazas lanzadas al azar. Hay al menos cuatro tipos distintos, y cada uno explota un mecanismo psicológico diferente.
1. Suplantar a la autoridad
El más peligroso, a mi juicio, es el que finge ser oficial. En Israel circularon SMS masivos que se hacían pasar por la Defensa Civil, con el nombre de remitente OrefAlert. Recomendaban a los ciudadanos no quedarse en los refugios y anunciaban cortes en el suministro de combustible. En los Emiratos llegó a los móviles un aviso firmado por un supuesto ministerio del Interior que el ministerio nunca envió.
¿Por qué funciona esto? Porque en una emergencia el cerebro busca atajos. Nadie se pone a verificar fuentes mientras suenan las sirenas. Tendemos a obedecer a quien parece tener autoridad, y un remitente con nombre oficial basta para activar ese atajo. Es el principio de autoridad que describió Cialdini, llevado a su versión más perversa.
Imaginemos el caso, hipotético pero perfectamente posible. Una familia oye las alarmas, se dirige al refugio y, en ese momento, le llega un mensaje «oficial» que dice que el refugio de su zona no es seguro. Ya no estamos hablando de propaganda. Es un mensaje que puede cambiar la conducta de alguien en el peor momento posible, con consecuencias físicas reales.
2. Llevar el miedo a casa
El segundo tipo es la amenaza pura. Algunos mensajes prometían a los israelíes que pronto verían en el cielo nocturno estrellas que no eran estrellas, e incluso el sol en plena noche.
Lo interesante aquí no es tanto el contenido como el canal. El teléfono móvil es probablemente el objeto más íntimo que tenemos: lo llevamos encima, lo miramos nada más despertarnos, dormimos con él al lado. Un mensaje amenazante que llega ahí rompe la sensación de que, al menos en casa, uno está a salvo. Y la ansiedad anticipatoria, el miedo a lo que podría pasar, desgasta mucho más que un peligro concreto y ya conocido.
3. Ensanchar las grietas
El tercer tipo es más sutil. Otros mensajes acusaban al Gobierno israelí de utilizar a los ciudadanos, afirmando que todos debían sacrificarse por el primer ministro, que nunca sería juzgado.
Este tipo de mensajes no inventa el conflicto interno, sino que lo aprovecha. Toda sociedad democrática tiene debates abiertos y ciudadanos descontentos. El atacante no necesita crear la grieta: le basta con encontrarla y meter la palanca. Por eso estos mensajes resultan tan incómodos, porque una parte de la población puede reconocer en ellos algo que ya pensaba.
4. Reclutar con un primer paso pequeño
El cuarto tipo es el que más me interesa como psicólogo operativo y economista de la conducta. Miles de israelíes recibieron SMS que ofrecían colaborar con la inteligencia iraní a cambio de un salario competitivo y total seguridad. Otros mensajes eran mucho más modestos: se limitaban a ofrecer la compra de vídeos de la guerra.
Ese segundo detalle es clave. Pedirle a alguien que se convierta en espía es pedirle demasiado. Pedirle que venda un vídeo grabado desde su balcón parece casi inofensivo. Pero es la clásica técnica del pie en la puerta: una vez que alguien ha dado un primer paso pequeño, la necesidad de ser coherente con lo que ya ha hecho facilita que dé el siguiente. Y de paso, quien contesta entrega datos personales.
La economía del ataque
Hay un aspecto que se suele pasar por alto: el coste. Enviar un millón de mensajes cuesta muy poco. Si solo una persona entre cien mil responde a la oferta de reclutamiento, o si solo una pequeña fracción de la población se queda sin dormir esa noche, la operación ya ha sido rentable.
Un experto en análisis forense digital lo resumió muy bien en la prensa: antes había octavillas y radio, y ahora un millón de mensajes distintos llegan a un millón de personas distintas. Es una asimetría muy incómoda para el defensor. Al atacante le basta con acertar unas pocas veces, mientras que el defensor tiene que proteger a toda la población todo el tiempo.
Y no solo con SMS. También se han documentado mensajes amenazantes por WhatsApp enviados desde cuentas de empresa aparentemente legítimas, con un patrón que la prensa israelí vinculó al grupo de hackers Handala.
¿Y la defensa?
Lo que más me ha gustado de la respuesta israelí es su sencillez. La Policía pidió a la población que ignorara los enlaces y archivos adjuntos y que bloqueara los números. La Dirección Nacional de Ciberseguridad explicó con claridad qué buscaban esos mensajes: manipular para obtener datos personales, o simplemente asustar y minar la moral. Habilitó además una línea específica, el 119, para denunciarlos.
Parece poca cosa, pero tiene una base psicológica sólida. Explicarle a la gente de antemano qué tipo de manipulación va a recibir y para qué sirve funciona como una especie de vacuna. Es lo que en psicología se conoce como teoría de la inoculación, y hoy se habla mucho de prebunking. Cuando el mensaje llega, ya no sorprende: se reconoce. Y lo que se reconoce como manipulación pierde gran parte de su fuerza.
La otra clave es tener un único canal oficial, claro y conocido. Si la población sabe con certeza por dónde le van a llegar las alertas reales, cualquier mensaje que venga por otra vía resulta sospechoso de entrada.
Una lección que también va con nosotros
Sería un error pensar que esto solo pasa en Oriente Medio. Según medios paquistaníes, en marzo las Fuerzas Aeroespaciales iraníes llegaron a escribir a mano agradecimientos a los pueblos de España, India, Pakistán y Alemania en los misiles lanzados contra Israel. Es otra forma de operación psicológica, pensada esta vez para audiencias de terceros países.
Como comentaba en el artículo sobre la definición de la guerra cognitiva, el objetivo ya no es solo el soldado, sino cada ciudadano y sus decisiones. Los SMS iraníes son la demostración práctica.
Que nadie se engañe, además: la próxima emergencia en Europa, sea un conflicto, un gran apagón o una catástrofe natural, será también una oportunidad para quien quiera sembrar confusión. La pregunta no es si llegarán los mensajes falsos, sino si sabremos reconocerlos.
Para terminar
Si tuviera que quedarme con una idea, sería esta: la guerra psicológica moderna no necesita convencer a nadie de nada. Le basta con que dudemos un segundo, con que tengamos miedo una noche, con que demos un pequeño paso que no deberíamos dar. Y la mejor defensa sigue siendo la misma de siempre, aunque ahora haya que aplicarla en la pantalla del móvil: parar, pensar y comprobar antes de actuar.









