
Eurovisión con escenario de guerra cognitiva.
Cada año, millones de personas en toda Europa se reúnen frente al televisor para vivir una de las citas culturales más seguidas del continente: Eurovisión. Lo que para muchos es solo un espectáculo musical cargado de color y entretenimiento, en realidad es mucho más. Eurovisión es, desde hace décadas, un escaparate de identidades nacionales, alianzas geopolíticas y, cada vez más, un escenario donde se juega una partida silenciosa: la guerra cognitiva.
Eurovisión se presenta como un concurso apolítico, pero sus 69 ediciones demuestran lo contrario. Las votaciones rara vez son solo musicales. Vecinos que se votan sistemáticamente, bloques regionales que refuerzan sus lazos, boicots diplomáticos encubiertos o candidaturas que llevan mensajes políticos disfrazados de arte son solo algunos ejemplos. Detrás de cada puesta en escena y de cada punto otorgado, subyacen narrativas, percepciones e intereses que van mucho más allá de la música.
La guerra cognitiva es un concepto que ha ganado peso en los últimos años en el ámbito de la seguridad y la geopolítica. Se basa en influir en la percepción, las emociones y las decisiones de las sociedades a través de información, narrativa y manipulación psicológica. No necesita armas, solo mensajes. Se libra en redes sociales, medios de comunicación, plataformas culturales y cualquier canal que modele lo que las personas creen o sienten sobre sí mismas o sobre los demás.
Algunos países han convertido Eurovisión en una auténtica herramienta de diplomacia pública. Ucrania, por ejemplo, ha utilizado el certamen para reforzar su narrativa internacional, especialmente en tiempos de conflicto. Rusia, Armenia o Azerbaiyán han aprovechado el evento para proyectar poder o desafiar a sus rivales en clave simbólica. Incluso países como Israel o Australia aprovechan su participación para reafirmar su pertenencia a la esfera cultural europea.
Este uso estratégico va más allá de ganar o no el concurso. Se trata de influir en cómo los ciudadanos perciben a estos países, sus valores y sus causas. Es, en definitiva, una batalla de narrativas. No solo se busca ganar el concurso, sino moldear percepciones y fortalecer la posición internacional mediante el poder blando, ese que no impone por la fuerza, sino que seduce e influye desde la cultura y la comunicación.
La edición de #Eurovisión2025 celebrada hace el pasado fin de semana, ha sido un ejemplo claro de cómo las tensiones geopolíticas encuentran eco en el certamen. RTVE emitió durante la gala un mensaje de apoyo a Palestina que decía: «Frente a los derechos humanos, el silencio no es una opción. Paz y justicia para Palestina». Este gesto, aunque aplaudido por parte de la audiencia, provocó una advertencia de sanción por parte de la Unión Europea de Radiodifusión, que defiende la neutralidad política del evento.
La situación se volvió más compleja cuando, a pesar de este posicionamiento institucional, el televoto del público español otorgó 12 puntos a la representante de Israel, Yuval Raphael, mientras que el jurado profesional no le otorgó ninguno. Este contraste abrió un intenso debate sobre la coherencia entre el discurso político oficial y las emociones o preferencias reales de la ciudadanía. Un ejemplo perfecto de cómo la guerra cognitiva se alimenta precisamente de estas contradicciones entre la narrativa pública, la percepción social y las acciones colectivas.
Eurovisión es solo un ejemplo, pero es un espejo de dinámicas mucho más amplias. Las narrativas que se construyen en este tipo de espacios moldean la percepción pública, generan cohesión o división social y, en última instancia, afectan a cómo se posicionan los países en el tablero internacional.
Porque, en la era de la guerra cognitiva, todo comunica. Y Eurovisión, aunque nos cueste verlo, es uno de los escenarios donde se libran algunas de las batallas más sutiles pero también más decisivas.